Salir al paso del insomnio con menos armas que un mago descubierto.
Incluso con llagas en las manos de tanto arañar la pared llena de murmullos.
Con una cueva para tus conspiraciones de madrugada, una cueva ruidosa.
Sobre el papel desconcierto y frustración, en la cabeza una fiesta decepcionada.
No puedo, no llego, no me da. Nunca lo conseguiré, hoy nunca jamás, deseo matar.
Matar y tener la posibilidad exacta de decidir una acción definitiva, gol nocturno.
No estoy seguro de nada, estoy desnudo de afirmaciones y eso me da miedo.
Cuento hasta tres y parto el miedo de un puñetazo, pongo música, salgo a caminar.
Miro el correo electrónico, te dejo un mensaje, escribo un pedazo de algo, arrecio.
Odio a casi todo el mundo, a las minitas estúpidas que se creen ídolas de mármol.
A los machos alfa que coleccionan culeadas como cromos de su soledad insípida.
A los bisexuales, gays, lesbianas que se creen libres de la escoria de los normales.
Mentira todo muchachos, nadie está a salvo ni es especial, todo está lleno de mierda.
Lleno de mierda hasta la rodilla, creo en el amor y también en su evaporación.
Creo en su realidad como droga temporal, como tóxico pasajero, libro que termina.
Odio en este momento de la noche a todos los poetas jóvenes e ignorantes del pasado.
Yo también fuí uno de ellos pero ahora mismo no puedo hacer otra cosa, los desprecio.
A los superadores de la anquilosada poesía, según dicen, esos aventureros sin talento.
Odio tus manos lejanas, odio mis manos escarchas siempre despidiéndose del cariño.
Estoy cansado de pensar, mientras entierro el corazón en lo profundo del colchón.
Como no puedo salir de aquí a costa de amor, invoco al odio, que me pinche la verga.
Volver a dormir pensando en tu boca, comiéndola de a poco, dejándola venir, nena.
Dentro de un mes nunca más te voy a ver, así que ese café será una despedida.
Ahora resulta que soy el chico popular cuando hace dos meses la misantropía era reina.
Y de pronto basta anunciar que vuelvo a Uruguay para que las llamadas se sucedan.
Los encuentros se sucedan, los abrazos, las caras afectivas, los perfumes de piel gastada.
Mientras tanto odio en el rincón más apartado del mundo, odio al cielo y al infierno.
Me encierro a odiar porque todo el amor lo dí y sólo funciono sangrando rabia.
Decido volcar los últimos sentimientos y como no queda ni amor ni afecto, odio.
Odio la cafetera sucia de tu casa, tu poca experiencia, tus hijos, tu acento andaluz,
tu voz ronca, tu familia de Amsterdam, tu casa en Rocha, tu coche viejo, el collar
que me regalaste aquella noche en que tres rayas dividieron la última en una compartida.
Odio el silencio de un bar de mañana escuchando música Chill Out, odio tu culo rico,
odio tus tetas chicas, tus tetotas, tus llantos histéricos, tus caricias en las manos, tu amor,
odio tu pertenencia al mundo de la vida práctica, tu vuelo incalcanzable, tu acid-house,
odio tu enfermedad de ver lo bueno en todo, odio tu sonrisa inexpugnable, tu profesión
de puta cara, odio tu superficialidad, odio tus libros de auto ayuda, odio tu silencio,
odio tu conversación agotadora, odio tu cuerpo tembloroso, odio tu forma de comer helado,
odio tu adiós, odio tu forma de escribir en el chat, tus faltas de ortografía en los sms,
odio tu forma de distanciarte de mí pensando que no dolerá tanto, odio tu conformismo,
odio tu rebeldia vestida de ayuda paternalista a lo más necesitados, odio tu buena fe,
odio tu negativa a utilizar palabras como acera, nevera, gafapasta, odio San Sebastián,
odio tu comprensión y tu despedida, odio tu estúpida forma de entender el mundo,
odio tus lágrimas cuando anuncié que me iba, odio sentirme repleto de gente hermosa.